Plácido Esplendor

Savage Beauty, Alexander McQueen

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Al llegar me sentí decepcionada al encontrar cosas desnudas y mal amuebladas, pero esto quizás cada vez me gustaba más. El lugar se sentía solitario y desolado. En diferentes piezas hacia que aparecieran un montón de personajes, imaginando sus reflexiones y sus réplicas, elegía al igual que cuando uno abre las páginas de un libro, no quiero decir al azar, sino con certeza y una precisión implacable. Su gusto no podía engañarle. En el salón donde permanecía de pie, ceñida por aquella maravillosa funda de metal, orlada de cibelina, reinaba un gran recogimiento como en la habitación de un hada. Las personas inclinaban sus cabezas con arrobamiento, las encargadas pasaban una mano de artista sobre las costuras del tejido,  ese tejido de tisú  de plata incrustado de encaje de plata, con una peineta roja, cubierto por una mantilla de plata. 

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No se sabia donde empezaba la ficción y dónde acababa la reconstitución, porque armonicé la historia con mi fantasía.

Los invitados eran recibidos como en el teatro por una alfombra que recubría las gradas de las escalinatas. La asistencia estaba compuesta de artistas y espíritus delicados que se ponían de acuerdo y que intentaban aumentar con su presencia el interés de aquella grandiosa solemnidad. Con su exposición Savage Beauty  las orquestas escondidas se oían discretamente, como para respetar el plácido esplendor de aquella noche embriagadora.

 

 

¡Cuantas noches pasadas en el teatro para conseguir una puesta en escena así de irreprochable! Toda esa amplitud, revelando como se adaptaba y combinaba diseños logrando su estética distintiva. Alexander McQueen supo improvisar escenas que despertaban el ardor de sus colaboradores. Savage Beauty dominaba una lluvia de fuego que vino a  electrizar a la gente y cuando se hubo acabado, dejó por todas partes insectos fosforescentes, enganchados en ramas.

Se dedicaba a esto con pasión, era un artista de un encanto indecible y de un juicio tan agudo como profundo, una especie de filósofo  de otros tiempos, lleno de una ironía  y de un escepticismo poco frecuentes.

Retrató con un trazo tan fino y tan sutil como su pensamiento, y sus medios de expresión tenían la misma agudeza que sus medios de observación. Era un erudito en materia de arte, porque fue aquí donde ponía de manifiesto su cultura clásica.

 

No me cansaba de admirar la diversidad de las formas tan lógicas y tan elegantes. Pero no podía considerar sin una cierta antipatía el papel jugado por este artista, que conservará en la historia la triste responsabilidad de haber descarriado a tantas ovejas, y de haber emborrachado a tantas buenas voluntades. ¡Cuántos artistas sinceramente enamorados de un ideal mas humano hemos perdido a cambio de dos o tres talentos que hayan podido sobresalir en el plano tan monocorde.  Su obra tenia un encanto que dejaba al público electrizado que no conseguía arrancarse fácilmente. Finalmente cuando todo termino, desapreció toda la gente, quedándome sola en el teatro cuyas luces mas enceguecedoras habían sido apagadas…

 

 

Referencias:

Met Publications, Alexander McQueen Savage Beauty (s.f) Recuperado de http://www.metmuseum.org/research/metpublications/Alexander_McQueen_Savage_BeautyImagen

 

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