El príncipe Poiret

Editorial Poiret 

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Este, era un individuo impertinente e inquietante, que no estaba nunca sin hacer nada. Asistía a los estrenos, visitaba las exposiciones, entraba en las tiendas, se hacia mostrar las colecciones y no se creía nunca obligado a encargar nada, pero se llevaba muestras de todo lo que le gustaba. Tenia una opinión sobre todo, en política, en música, en arquitectura, en materia de justicia o en materia culinaria, y no se privaba jamás de escribirlo o decirlo.

El príncipe, buscaba siempre un pretexto para retener a sus amigos, creándoles un centro que fuera la capital del gusto del espíritu parisino, al que pertenecía. En ocasiones, personalizaba sus fiestas, convirtiéndolas en algo temático, en donde aquellos que fueran invitados, sencillamente eran la crema de parís. Toda fiesta se basaba en algo en especial, que generara lo que fuera en el, ya que tenia un defecto o capacidad de admirar la diversidad de las formas tan lógicas y elegantes de las cosas. Este, fue un personaje ficticio que el mismo Paul Poiret creo, siendo su perfecta reencarnación, pues quien mas que el mismo para representar su ego y su imponencia en una época donde continuamente llegarían diferentes personas a hacer cambio de ella.

En mayo de 1911, este príncipe decidió dar en uno de sus salones una fiesta inolvidable, la cual llamo, las mil y dos noches, tal y como su nombre lo indica, era una fiesta basada en la cultura de Persia y en la recopilación de cuentos Las mil y una noche.

Reunió a varios artísticas y puso a su disposición los medios para realizar un conjunto que nadie había podido crear hasta entonces.

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Su casa estaba completamente cerrada por tapicerías, de manera que nadie externo a los invitados pudiera verlo o siquiera entrar. Los invitados eran recibidos como en el teatro por personas especializadas a confirmar el hecho de que se fueran vestidos tal y como el príncipe había querido. Aquel que no fuera vestido de esa manera, seria inmediatamente expulsado de la fiesta.

Los grupos eran selectos, de manera que pasaban en pequeños grupos a otro salón que los conduciría hasta el príncipe. Subían gradas, llenas de oro con herrajes en forma de espiral , se encontraban con jaulas que tenían personas dentro, era como imaginarse algún patio soleado de algún palacio de Aladino.  Espejos, sorbetes, acuarios, pájaros diminutos, telas y plumas, eran las distracciones que habían. A medida que los grupos avanzaban pasaban de cuarto en cuarto, penetrándose en jardines misteriosos, en cuartos con alfombras que recubrían el piso de manera que el ruido de los pasos quedara amortiguado reinando el silencio en el lugar.

Cuando sus trecientos invitados estaban reunidos en el gran salón, el príncipe, finalmente podría mostrarse y hacerse participe de la fiesta. El y su esposa, no solo eran los organizadores, sino que también una ficha clave del momento ya que todas las miradas estarían en ellos generando influencia en los espectadores.

El príncipe disfrutaba toda la noche pulsando la sensibilidad de sus invitados como quien juega con un teclado, teniendo la convicción de que generar este tipo de performances o espectáculos  haría una nueva atmosfera, un mundo que actuaba como un telón de fondo para sus creaciones. 

Sus fiestas se entregaban a una mímica desenfrenada, humana, patética y desgarradora, para volver a la nada con una majestad y una dulzura que era imposible de expresar. 

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